Apreciatividad: el arte de percibir lo valioso

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Apreciatividad: el arte de percibir lo valioso

Por Laura Isanta

Un discípulo se mostraba ansioso de recibir las más altas enseñanzas, por eso no dudó en preguntar a su maestro:

―Por favor, señor, ¿qué es la belleza?

―La belleza está en las personas y en la vida de cada día ―respondió el maestro.

Decepcionado, el discípulo protestó:

―Pero en las personas que me rodean y en la vida de cada día solo encuentro rutina y vulgaridad, yo no veo la belleza por ningún lado.

El maestro dijo:

―Esa es la diferencia. Unos la ven y otros no la ven.

El término apreciar viene del verbo latino appretiāre, y significa “reconocer y estimar el mérito de alguien o de algo”, como también “sentir afecto o estima hacia alguien”. Además, en otra acepción del término, el DRAE señala que se trata de “poner precio o tasa a las cosas vendibles”, y también de “calcular o medir y percibir debidamente la magnitud, intensidad o grado de las cosas y sus cualidades”.

Este rápido paseo por el significado de la palabra “apreciar” nos muestra que cuando estamos apreciando algo llevamos a cabo una serie de actividades, de movimientos internos en nuestro ser: reconocemos, estimamos, sentimos afecto, ponemos precio, valoramos.

El principal problema que tenemos las personas es que no solemos hacer un Alto ¡ para reconocer, descubrir y apreciar las cosas, los sucesos y personas que nos rodean, incluidos nosotros mismos.

Podemos verlo más de cerca, tan de cerca como nuestra propia vista. Seguramente quien ahora esté leyendo, difícilmente tenga conciencia del valor de su vista o piense cuán feliz ella lo hace. Y es así porque es tan normal que veamos que no solemos reconocerla; excepto si nos faltara. Entonces, pensaríamos en la gran suerte de poder ver y cómo no la apreciábamos en su justa medida cuando disponíamos de ella.

La Apreciatividad es la habilidad de poder percibir y rescatar lo valioso y significativo de las personas, los sucesos y las cosas.

Es la observación DELIBERADA de lo mejor y lo preciado, y sentir una conexión emocional con ello.

Las palabras nunca llegan a representar algo en su totalidad, en el mejor de los casos siempre serán una aproximación. Y esta es, a mi entender, la definición que más se acerca al verdadero significado de apreciatividad.

La capacidad de apreciar es una cualidad inherente al ser humano y todos tenemos disposición a ella en mayor o menor medida.

¿Qué es lo contrario de apreciar y valorar? Si buscamos en el diccionario de antónimos nos encontraremos con palabras como desprecio, desagradecimiento o desvalorización. Actitudes que, por suerte para nuestra humanidad, no son las que más abundan en la mayoría de los seres humanos.

Entonces, si las actitudes de desprecio y desvalorización no son las que más abundan, ¿por qué preocuparme por la apreciatividad? Porque lo que sí abunda es la indiferencia.

No tengo una actitud despectiva y de desprecio hacia mi ducha caliente, no manifiesto desprecio hacia mis padres, no desvalorizo a mis amigos, no soy una desagradecida de la vida. Pero esto no significa que los aprecie y los valore. Del mismo modo que la ausencia de malestar no es garantía de felicidad, la ausencia de desprecio, desvalorización o desagradecimiento no indican aprecio y valoración.

Necesitamos desarrollar nuestra apreciatividad no para combatir el desprecio y la desvalorización, sino para contrarrestar nuestra actitud indiferente. No solo para apreciar lo extraordinario de las personas, sucesos o cosas, sino, principalmente, para valorar lo corriente y lo cotidiano.

Solemos ser indiferentes a momentos, cosas y personas por encontrarnos desconectados de la realidad, por nuestra búsqueda de la perfección, por los altos estándares con que medimos las cosas y a las personas, por estar más en el pasado o el futuro que en el presente. Por pensar más en cómo las cosas deberían ser en vez de tomarlas y disfrutarlas tal cual se nos presentan.

Lo que logramos al aumentar nuestra apreciatividad es apasionarnos por encontrar lo mejor. Desafiando, de este modo, la indiferencia, la insensibilidad, el desinterés, la apatía y la tibieza.

Al desarrollar nuestras habilidades apreciativas descubrimos mayor cantidad de fuentes inestimables de aprecio en la cotidianeidad. Lo cotidiano es como un profundo océano del cual nosotros no vemos el agua por estar inmersos en ella. Cada tanto debemos asomar las narices a la superficie para darnos cuenta de dónde estamos inmersos y regresar luego a las bellas profundidades con ojos curiosos, ávidos de percibir la abundancia y el potencial que nos rodea, y ser capaces de descubrir esos instantes que muy bien ilustra Joan Manuel Serrat en su canción:

“De vez en cuando la vida
afina con el pincel:
se nos eriza la piel
y faltan palabras
para nombrar lo que ofrece
a los que saben usarla…”

¡Ser apreciativos es un buen modo de saber usar la vida!

Sobre la autora:

Laura Isanta

Diplomada en Felicidad Organizacional de la Universidad Adolfo Ibañez (Chile) y Diplomada en Psicología Positiva. Coach Certificado. Especialista en Indagación y Diálogos Apreciativos (Appreciative Inquiry).

Directora del Instituto del Bienestar – Sede Argentina. Directora de la consultora Laura Isanta, Appreciative Consulting. Es docente del Diplomado de Felicidad Organizacional y del Diplomado de Psicología positiva y bienestar de la UAI, Chile. Docente de la Certificación CHO – Chief Happiness Officer de Fundación Universitas. Conferensista internacional

Autora del libro Apreciatividad, Una habilidad que se ejercita en la vida y el trabajo. Creadora del Modelo ACOM para el desarrollo de la apreciatividad y del THA – Test de Habilidades Apreciativas.

Autora y facilitadora el primer curso de habilidades Apreciativas de Latinoamérica y del primer curso en español de Inteligencia Apreciativa avalado por T. Thatchenkery. Ha facilitado procesos de Diálogos Apreciativos y trabajado su modelo ACOM en importantes empresas de diferentes paises tales como Givaudan, Movistar, Naranja, Banco Ciudad , Basf, Nokia, Banelco, Essen Aluminio, Telefé, Panavial, Beiersdorf, Ernst & Young, AUSA, entre otras.

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En mayo de 1993 fue facilitador por primera vez en un retiro espiritual y allí empezó a transitar el camino del Coaching, cuando la profesión no existía como tal. Luego conoció el modelo Ontológico y se formó y certificó como profesional (AACOP-FICOP). Se especializó como Coach Deportivo y Coach del Potencial (Talentum-ICF). Se graduó además como Locutor Nacional (ISER) y Periodista (UCA). Fue Director de Prensa y Comunicación en la Delegación CABA-GBA de la AACOP (Asoc. Argentina de Coaching Ontológico Profesional) y es Director Periodístico y Co Fundador de PressCoaching.